Cuentan de un joven judío que, al realizar un largo viaje en avión, le tocó sentarse junto a un anciano. El joven se mostró despectivo, altivo y grosero. En cuanto pudo, le solicitó a la azafata cambiarse de lugar; ella pregunto por qué y no tuvo reparo en contestar que el viejo de su derecha era insoportable, “tose y apesta”. Al llegar a su destino el muchacho vio una gran comitiva de recibimiento: cientos de personas esperaban con ansia al anciano que resultó ser un gran maestro rabino. Entonces arrepentido de su actitud se acercó para pedirle perdón y solicitarle su bendición, pero él le contestó: “¿Rechazaste al anciano y te acercas al rabino? Lo siento, no puede ser bendecido quien no es condescendiente. Tendrás que pedir perdón a todos los ancianos del mundo”.
Un automovilista conducía con exceso de velocidad. Agredía a los demás tocando el claxon, encendiendo las luces, vociferando. En una estrecha avenida tuvo que maniobrar bruscamente para pasar, orillando a un auto compacto que estuvo a punto de accidentarse. El conductor del auto compacto era agresivo y venía armado. Se reincorporó al camino, alcanzó al otro, le cerró el paso y se bajo furioso. El conductor apremiado le gritaba que se quitara, le llamaba estorbo, le exigía con vehemencia que se hiciera a un lado. “¿Tienes mucha prisa?” le preguntó el del coche compacto, “pues será la última vez que corras tanto…” Entonces le dio un balazo y lo mató. Lo verdaderamente trágico y terrible de este caso real fue que el hombre con prisa llevaba a su hijo enfermo al hospital en el asiento de atrás…
Un monje a punto de ser asesinado solicitó a su verdugo una última voluntad. “¿Ves la rama de aquel árbol?”, le dijo. “Córtala con tu machete”. El asesino obedeció y la rama cargada de flores cayó al suelo. El monje le pidió entonces: “Ahora pégala para que vuelva a vivir y dé frutos”. El criminal se quedó confundido sin poder cumplir la última voluntad del monje. Entonces éste se incorporó y le habló muy fuerte a la cara: “¡Piensas que eres poderoso porque destruyes y matas, pero eso cualquier necio puede hacerlo; escúchame bien, si quieres de verdad ser grande, construye y salva…!”
Tomado de: La fuerza de Sheccid, Carlos Cuauhtémoc Sánchez,
Ediciones selectas diamante, 1996
Ediciones selectas diamante, 1996
